Durante mucho tiempo se enseñó en las escuelas huincas la falacia de que los mapuches no distinguían entre el jinete y el caballo y pensaban que los españoles invasores y sus bestias eran el mismo ser. Bestias eran su duda.
En esa época, más que ahora, eran muy común además las carnicerías equinas en las comunas de La Araucanía.
Esta historia parte así porque, además en los albores de la democracia, en la década de los 90, la recién creada CONADI, seguramente por la ocurrencia de algún tecnócrata que ya se estaba acomodando, creó un fondo concursable para que las comunidades mapuches postularan y obtuvieran recursos para celebrar el wetripantu.
A ese fondo accedían las comunidades y al poco andar se dieron cuenta que casi todas pedían plata para comprar un caballo, carnearlo y comérselo y así celebrar el wetripantu. El “fondo caballo”, le llamaron.
Claro está que siempre el mapuche supo de lo que decía de ellos en torno a que entendían al caballo y al español como un sólo ser y acostumbró entonces a comerse el animal una vez que los vencía y así, en cada fiesta, en cada celebración, en nada wetripantu se carneaba un caballo para recordar cómo vencieron por siglos a sus enemigos invasores y así metafóricamente devorarlos.
Feliz wetripantu: a celebrar, si no es con carne de caballo, con lo que sea y sí, decimos “celebrar” porque por estos días varios andan contando que “conmemorarán” el wetripantu y hasta el día del padre, que pasó hace un ratito también lo “conmemoraron”, pero párenla un ratito, si también tenemos derecho a celebrar, no todo es conmemoración, no todo recuerda fechas fatídicas y trágicas, también tenemos derecho al mambo, a celebrar el wetripantu, San Juan o lo que sea y a comerse ( en el sentido culinario) a un español.

