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ESE TREN VENIA DE TEMUCO.

Juan Toledo by Juan Toledo
19/06/2026
in Locales
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ESE TREN VENIA DE TEMUCO.

Por Pablo Varas.

Fue de tarde.

La estación de trenes en Temuco tenía frío cuando Máximo Guedda con su maleta pequeña esperó un tiempo para subirse al tren antes que llegara a la primera curva del río.

No llevaba nada especial en los bolsillos. La dirección está ya guardada.

El jefe de la estación bajó su bandera y se quedó mirando hacia el lugar de siempre tranquilo y en silencio desde su silla con número de inventario fiscal. El andén quedó vacío, el siguiente tren era un carguero que pasaría a mediodía.

La vieja locomotora cumplía su oficio mientras resoplaba como un animal de tiro en las últimas horas de la tarde. Los viajeros ya instalados miraban por la ventana sin sentido, alguno posiblemente esperando que el sueño lo inundara.

El eterno compás tantas veces escuchado ya era asunto del olvido. Temuco iba quedando atrás con sus casas pequeñas de colores verdes y naranja, con sus chimeneas despidiendo humo espeso y su mercado con tantos ponchos colgados como si de una casa patronal se tratara. Entre los pasillos mujeres pequeñas, morenas con sus alhajas indicaban que eran diferentes, esperando vender las gallinas que habían faenado la tarde anterior, unos canastos de habas y arvejas.

Feo día marcaba el calendario.

Era ya el día siguiente cuando Máximo cruzó silencioso los añosos portales de la Estación Central. Todo estaba oscuro y la neblina ayudaba a olvidar tantos nombres con esos apellidos, las casas con sus segundos pisos y cocinas donde cantaba media cebolla en la mesa. No había ningún rosario descansando detrás de la puerta. Las cortinas ya estaban viviendo algún duelo que llegaría como un puñal ciego con su hoja empujada por el odio en un sobre sin remitente.

Un andrajoso recorre las calles de todas las ciudades con sus pasajes y preguntaba quién y donde. Máximo leía el diario en una esquina pensando que se había despedido del mercado del pueblo para siempre. Volveré posiblemente el día cuando las cerezas estén en su color preferido para disputarlas con esos loros tricahue.

Tantas historias parecidas. Su joven calendario lleno de bríos y empezando a templarse con las urgencias emparejadas con los apuros. Las risas que tienen esos nombres escritos en las farolas de luz de las esquinas donde fue conquistado aquel primer beso con sabor a naranja, largo y tibio para que todo fuera siempre.

 

Eso pensaba.

En una mesa café oscura ocho ojos miraban su foto, su partida de nacimiento, sus notas siete en historia y castellano, sus desafinados tonos en el coro del liceo. El segundo banco al lado de la ventana ahora ocupa Carlos Raipillán, el hijo del panadero que habla todo de memoria y recita la tabla de tres de corrido.

La muerte llega silenciosa, premeditada y perversa. Deja sin defensa al que está en la lista, después esa medalla amarga que se cuelga el vencedor y nos duele a todos.

A esa hora sus torturadores hablan tranquilos el desayuno.

En folio numerado se deja constancia que lo vieron como lo arrastraron para sacarlo de la calle, para arrebatarlo de la memoria de su pueblo entero con árboles pequeños. Sus captores no lograron saber nada de sus amigos del liceo, nada de esas esquinas de casas imaginarias que él inventó, tampoco en el cuaderno de matemáticas, ni en todos los índices de los libros que leyó. Quedó su espada en los escritos como si de la campana infantil de colegio se tratara. Se cuenta que alguna vez lo vieron dando saltos en el sur, casi como de isla en isla mientras el amanecer enojado con tanta urgencia quería despuntar.

Máximo Guedda soñaba siempre Sabemos todo lo sucedido. Manuela Quintul duerme en su voz el paso del tiempo y sus manos abandonan la velocidad con la que vuelan las palomas. Sentada en la silla de siempre al lado de la puerta de su casa espera que alguna nube de esas oscuras cargada de agua que se van al sur, le deje algún recado, una noticia pequeña.

El viento con su olor profundo a humo de leña verde y húmeda del mercado en Temuco, lo contó la noche antes del Wetripantu, todo se guardó en la maleta de Máximo para que se enamoraran sus cuadernos con algunos poemas. Su risa interminable con sus hermanos y sus viejos queridos.

Manuela Quintul no durmió esa noche precaria, todo lo había contado el mes anterior. Los pájaros cuando bajó el humo de la ruca, marcaba la hora para que se conjuran todos los loncos. Recorrió todas las calles de Temuco buscándolo, habló con los árboles y preguntó por él a todas las puertas y las ventanas del liceo, nadie sabía nada, eran tiempos de miedo, los susurros tenían los ojos cerrados. Arriba en la cordillera el olor a pólvora se confundía con las nubes bajas y los animales rumiaban en silencio. Todo era una maldición que no habían conocido. No se trataba de algún escrito con rabia, ni de espíritus alocados buscando amparo.

No llegó a la hora convenida, es por aquello que el reloj marcó y mató a tajos aquel tren que venía con frio desde Puerto Montt. Pero se debe dejar constancia de aquel artilugio que va sumando minutos que no tienen fin. La búsqueda del tiempo que está por llegar no terminará jamás. Sabemos que lo vamos a encontrar con su pantalón azul de liceo escondido en algún periódico de otra mañana, abrazado a una niebla que se arrastra lenta.

En esos calendarios malditos todo era oscuro y los besos se construían más apurados. Viriato miraba todo. Era la vida de tantos y tantos, aquí tu y allá ellos.

Un calendario arrugado con memoria espesa canta el día y lo arropa mientras llora desconsolado buscando algún poema, buscando la sombra de una farola con un dolor como la partida injusta de Milanés.

En el kiosco de diarios en la plaza de Temuco cuelga su foto quieta y los vecinos lo saludan agitando sus pañuelos. Las niñas del liceo escriben su nombre en la primera página del cuaderno de historia. El próximo verano lo verán subirse a los árboles para saludar a las nubes como siempre le gustaba. Estarán también esos ojos verdes que hicieron que Máximo escribiera su primer poema con letra de periodista.

La calle siempre inquieta estará porque le falta su esquina.

También era tarde cuando pasó por la estación de Temuco nuevamente el tren arrastrando peces rumbo a Santiago.

No intentes construir mis dolores en esos días. Canta a esas semanas una tras otra donde realmente fui feliz. Y como está escrito cuando regrese vestido como siempre tenga algún parecido, algo así como era Grecia en los tiempos de Homero.

Para Máximo Guedda.

 

Pablo Varas es un escritor chilote, nacido en Ancud en 1953, radicado en Melipilla, con publicaciones en Chile y en el extranjero; columnista, de El Clarín, “firme junto al pueblo”.

 

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