Por estos días, mientras en el país se normalizan discursos de odio, relativizaciones peligrosas y una preocupante indolencia en materia de derechos humanos, en Ancud ocurre algo profundamente distinto: la memoria sigue caminando.
Conversaba con don Julio Mayorga, defensor de derechos humanos, hombre de trayectoria y convicción, de esos que no necesitan tribuna porque su vida entera ha sido testimonio. Me recordaba una consigna que no pierde vigencia: “nadie nos trancará el paso”. Pero no como una frase del pasado, sino como una práctica viva. En PRAIS Ancud la han retomado con fuerza: “nadie nos trancará el paso en derechos humanos y rescate de la memoria histórica”.
Y no es retórica.
Son hombres y mujeres mayores, sobrevivientes, familiares, militantes de la memoria, quienes hoy sostienen con su cuerpo y su tiempo lo que muchos prefieren olvidar. Salen a la calle, protestan, organizan, cuidan. Se hacen cargo de un Sitio de Memoria como la Primera Comisaría de Ancud, no como un gesto simbólico, sino como una trinchera ética frente al olvido.
Mientras tanto, en ese mismo territorio, hace apenas unos días, un hecho brutal sacudió la ciudad: un ataque violento contra la librería El Gran Pez, donde su dueño, Ricardo Tamayo, fue agredido tras la destrucción de su espacio. No es un hecho aislado. No es solo delincuencia. Es también un síntoma.
Cuando la violencia se desata contra espacios culturales, cuando el odio se expresa sin pudor, cuando el otro deja de ser un sujeto de dignidad, lo que estamos viendo es el deterioro del tejido social. Y ese deterioro no ocurre en el vacío: se alimenta del negacionismo, del relativismo frente a las violaciones a los derechos humanos, de discursos que banalizan el autoritarismo y que vuelven a instalar el miedo como forma de orden.
Por eso lo de Julio y la Agrupación PRAIS no es solo memoria: es presente y es futuro.
Ellos comprenden algo que hoy parece olvidado en ciertos sectores del poder: que los derechos humanos no son un tema del pasado, sino una condición básica de la convivencia democrática. Que la memoria no es un ejercicio nostálgico, sino una herramienta política para impedir que el horror se repita. Que el “nunca más” no se declama: se construye todos los días.
En tiempos donde algunos buscan avanzar a cualquier costo, incluso a costa de la dignidad humana, en Ancud hay quienes siguen diciendo con claridad: no pasarán.
A Ricardo Tamayo, toda la solidaridad. A quienes sostienen espacios culturales, a quienes resisten desde los libros, el pensamiento y la comunidad, también. Porque ahí también se juega la democracia.
Y a don Julio Mayorga y a la Agrupación PRAIS Ancud, el reconocimiento profundo: su persistencia no solo honra el pasado, sino que abre camino. Nos recuerdan que, pese a todo, hay una fuerza colectiva que no se rinde.
Porque nadie, nadie nos trancará el paso cuando se trata de dignidad, memoria y derechos humanos.
